El Sitio
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Las grandes avenidas del Guadalquivir

La lucha ancestral de una ciudad

Antecedentes

Aunque ya ni nos acordamos de las grandes inundaciones, la última que afectó seriamente a la ciudad sucedió hace más de 50 años, su incertidumbre condicionó siempre la vida de los sevillanos, porque se  presentaban inesperadamente con mayor o menor intensidad, y aleatoriamente de forma catastrófica.

 

Imagen E1. Crecida del Guadalquivir de 1947, la Torre del Oro y el Puente de Alfonso XIII o "Puente de Hierro".

 

 

Conocer la evolución y la magnitud de los profundos cambios naturales que el Guadalquivir ha provocado en su entorno, ayuda a comprender la lucha que Sevilla ha mantenido con su río durante toda su existencia.

 

“El Betis, río y rey tan absoluto,
que da leyes al mar, y no tributo”
Luis de Góngora

 

 

Evolución del curso bajo del Guadalquivir

De fondo marino a la llanura aluvial donde se construyó la ciudad.

Hace 6.000 años, el mar cubría el lugar donde se fundaría la ciudad, porque el Guadalquivir desembocaba en el Golfo Tartésico, un entrante de mar que se extendía unos 120km hacia el interior considerando la línea actual de costa (P1A).

La sedimentación en el Estrecho de Caura (Coria del Río), fue conformando el delta de una nueva desembocadura del río, separando el extremo norte del Golfo, que se incorporaría al régimen del Guadalquivir, el llamado Lacus Ligustinus o Ligur (P1-B). Por el arrastre y sedimentos del río, este lago se fue colmatando y fueron apareciendo islas o nuevos terrenos donde se construiría la Spal o Ispal tartésica en el siglo VIII a.C., latinizada después Hispalis por los romanos, ya en tierra firme y muy cerca del mar en Caura.

El cierre progresivo del resto del Golfo por una barrera litoral de arena, su colmatación y transformación durante siglos en las marismas del Guadalquivir, distanciaron la ciudad del mar, con la actual desembocadura en Sanlúcar de Barrameda (P1C).

 

 

Para completar esta información, ver página "Formación del Bajo Guadalquivir".

 

 

A

B

C

Plano P1. Evolución del Bajo Guadalquivir dibujado en un mapa actual. De izquierda a derecha: Golfo Tartésico (A) y Lacus Ligustinus (B). Marismas del Guadalquivir (C), distancias en línea recta entre poblaciones actuales.

 

 

El interés de la ciudad por mantener la navegabilidad del río, ha permitido que Sevilla sea la única ciudad de interior del país con puerto, a pesar de los 124km de navegación que llegaron a separarla del mar*.

 

Este interés está más que justificado. La Hispalis romana o la Isbiliya árabe, deben gran parte de su esplendor a su puerto marítimo, y, sobre todo, la Sevilla castellana del siglo XVI, centro del comercio con el nuevo mundo y una de las ciudades más importantes de la época.

Pero estos beneficios que el río nos otorgó, se acompañó siempre de un gran problema, sus imparables crecidas torrenciales.

 

* La distancia al mar se ha reducido a 79km de navegación después de 200 años de obras en su cauce, de 1894 a 1982.

Para conocer las grandes obras realizadas en el río, ver la página "Cambios en el Guadalquivir".

 

Restos de la muralla con su barbacana o antemuro, que se conservan en La Macarena.

 

Una ciudad protegida por sus murallas hasta el siglo XIX

Desde el tiempo de los romanos, la muralla fue la única protección efectiva de barrera frente a las crecidas del río que tuvo la ciudad. La población se refugió siempre en su recinto amurallado, cerrando sus puertas y desagües hasta que el nivel exterior volvía a su cauce. Los arrabales extramuros, como San Bernardo, la Calzada, el Arenal, o Triana, quedaban siempre desprotegidos. Tras la pérdida del recinto amurallado toda la ciudad quedó expuesta.

Porque, aunque las grandes avenidas del Guadalquivir han sido siempre el azote de Sevilla y la mayor preocupación de sus mandatarios, es posible que estos no tomaran siempre la decisión más acertada, o al menos en el momento más adecuado. En la segunda mitad del siglo XIX, en un ciclo de frecuentes y grandes inundaciones, se decidió derribar la muralla en un afán de modernización de la ciudad, y la sometieron a un gran riesgo, sin entrar en la pérdida irreparable del patrimonio histórico y artístico de uno de los centros amurallados mayores de Europa.

 

En cualquier caso, con la rápida expansión de la ciudad que tendría lugar en el siglo XX, había que buscar otras formas de defensa que incluyeran las zonas históricamente desprotegidas y los nuevos barrios de la ciudad, y no sería fácil, ni barato. Sólo gracias a la Exposición Iberoamericana celebrada en Sevilla en 1929, se pudo acelerar la inversión para iniciar los cambios en el cauce del río más próximo a la ciudad, la corta de Tablada.

 

E2. Fotografías de la Torre del Oro y el Muelle de la Sal. Arriba en 1892 y 1924. Abajo, durante y después de la inundación de 1947.

 

 

Motivo de las inundaciones

Intervienen múltiples factores, la mayoría derivados de lo comentado en la evolución y características del Bajo Guadalquivir.

 

La situación y escasa altura respecto al nivel del mar de la ciudad

Sevilla, fundada en la orilla del río y muy próxima al Atlántico, se encuentra ahora mucho más distante, pero sólo a 7m de media respecto al nivel del mar. De los 4m de la Alameda de Hércules a la cota de los 12m de las terrazas fluviales donde se fundó Hispalis, en una franja del centro histórico entre la calle Abades y Santa Catalina, con su máxima altura de 17m en la calle Aire. Pero la mayor parte de la ciudad se encuentra en la cota de los 6-7m, los 6m de altura media de la llanura aluvial, y las crecidas del río superaban esta altura con frecuencia.

Además, los Alcores y los terrenos elevados del Aljarafe que limitan el valle, estrechan la llanura aluvial en la salida del río hacia las marismas, comprometiendo la evacuación del agua en las grandes crecidas. Este efecto de embudo, acentuado por la oposición de la marea en la pleamar, favorece la acumulación y mayor altura de la lámina del agua en el entorno de la ciudad.

 

E3. Pintura anónima de 1760 de la Casa Consistorial que muestra los brazos y la maraña de meandros del antiguo Guadalquivir en su recorrido al mar desde Sevilla. www.patrimoniumhispalense.com

 

 

La nula pendiente del curso bajo del Guadalquivir, los meandros y la marea

A la salida de Sevilla en la Punta del Verde, el Guadalquivir ya se encuentra prácticamente al mismo nivel del mar en su largo recorrido hasta el Atlántico. Esta falta de pendiente, reduce la velocidad del río favoreciendo la formación de meandros, que aumentan la tortuosidad y la longitud del recorrido (P1, E3). Con el tiempo, la profundidad de estos meandros va disminuyendo por la sedimentación en la zona de menor velocidad de paso de su curva, representando un obstáculo para la evacuación del agua hacia el mar. Los numerosos meandros que existían en las marismas y alrededor de la ciudad, eran un riesgo constante (E3, P2).

 

En el siglo XVIII, la pérdida de fondo en los meandros de las marismas, ya comprometían seriamente la navegación, y era necesario actuar sobre ellos, pero también era un objetivo esencial para prevenir las continuas inundaciones que se estaban sufriendo. Por este motivo, estas actuaciones se consideran en conjunto como "obra hidraúlica de navegación y defensa de la ciudad".

 

Por otro lado, la falta de pendiente determina que el río esté muy influenciado por las mareas, incidiendo en su lámina de agua con una carrera media de 2m de altura en Sevilla a pesar de la distancia, asegurando por otro lado un remanente de agua en su cauce. En condiciones normales, es difícil apreciar corriente que fluya hacia el mar, es más bien este último el que penetra más arriba de Sevilla en la pleamar.

 

Una crecida en pleamar, incrementa la posibilidad de desbordamientos y la magnitud del mismo, colapsando la evacuación del agua en la salida del río hacia las marismas, como ya se ha comentado. Esta oposición que ofrece la marea sólo es vencida cuando el río alcanza el caudal de las grandes avenidas, los 5.000m³/s.

 

Actualmente, la penetración de la marea está limitada por las barreras que constituyen la presa de Alcalá del Río construida en 1930, unos 19km río arriba de Sevilla, y la esclusa de la Dársena del Guadalquivir de 1951, que aisla a la ciudad de los desniveles del cauce vivo.

 

 

P2. Esquema de los ríos y arroyos que rodeaban la ciudad en el siglo XVIII, cauces naturales o históricos.

La ciudad de Sevilla está representada por la muralla almohade.

 

 

Los arroyos y afluentes próximos a la ciudad

El río Guadaira y los arroyos que desembocaban cerca de la ciudad, el Tagarete y el Tamarguillo (P2), también provocaban graves inundaciones en la ciudad y participaban con frecuencia en las crecidas del Guadalquivir. Aunque habitualmente no llevan mucho caudal, en épocas de lluvia conducen a veces masas torrenciales de agua, que se desbordaban de su cauce, ocupando la llanura aluvial donde se encuentra la ciudad. Especialmente el Tamarguillo y el Tagarete por su proximidad, este último pegado a la muralla en su antigua desembocadura al lado de la Torre del Oro, pero también el Guadaira por la magnitud de sus crecidas.

Sirvan de ejemplo las inundaciones de 1830 del Guadaira, o las de 1948 y 1961 por el desbordamiento del Tamarguillo. Las numerosas imágenes que existen de estas últimas, son muy ilustrativas de la capacidad de invasión y destrucción que tienen estos arroyos en sus crecidas. Actuar sobre ellos era otro objetivo necesario en la lucha contra las inundaciones, y tras la constitución de la Dársena fue necesario desvincularlos de la misma.

 

 

 Heliópolis y el campo del Betis en 1948 tras el desbordamiento del Tamarguillo.

 

 

Una ciudad en la llanura aluvial de un río torrencial

En cuanto a las crecidas del Guadalquivir, son las características de su régimen pluvial subtropical, y como ya hemos visto, Sevilla se construyó en su orilla, ocupando su vega de inundación, e incluso su antiguo cauce, al que parece querer dirigirse siempre el río cuando viene crecido (P3).

 

Porque, en tiempo de Hispalis, construida en una península un poco más elevada de la terraza fluvial (P3), el cauce principal del río se situaba más al este, discurría por el centro del casco histórico almohade que ha llegado hasta nosotros, y se fue trasladando a su situación actual tras grandes inundaciones. El cauce de la época romana, se dirigía desde la Barqueta y Alameda de Hércules a las proximidades de la Puerta de Jerez y desembocadura del Tagarete.

 

Tras el desplazamiento del río, la ciudad fue creciendo extramuros hacia el cauce, con el arrabal y el puerto desprotegidos, sufriendo invasiones y graves inundaciones, y los árabes aproximaron la muralla a la orilla para protegerlos (P3). El propio río además, representaba una barrera defensiva natural frente a los invasores. Todavía se discute si esta ampliación de las murallas tuvo lugar en la época almorávide o ya en la última época almohade.

Con el avance de los castellanos, los almohades reconstruyeron y reforzaron la muralla con barbacanas y nuevas torres, y refortificaron en la orilla derecha el Castillo de Gabir de origen visigodo (Castillo de San Jorge tras la Reconquista), que comunicaron con el Puente de Barcas, cerrando el río con cadenas, asegurando el abastecimiento de la ciudad desde la otra orilla.

 

Esta ampliación hacia el norte y oeste de la Isbiliya árabe y de Triana, ocupó en toda su extensión la llanura aluvial del Guadalquivir. Los cauces antiguos del río y de sus arroyos, marcan las zonas más bajas e inundables de la ciudad.

 

P3. Referencias geológicas y relación del río y su llanura aluvial con el casco histórico de la ciudad. La línea discontinua es el antiguo cauce del Guadalquivir en tiempos de Hispalis, construida en la pequeña península de las terrazas fluviales, y extendida posteriormente por los árabes (en amarillo muralla almohade). Obtenido de F. Borja Barrera.

 

 

Y en la zona de mayor incidencia de crecidas del Guadalquivir

Sevilla, además, se encuentra en la zona de mayor incidencia de crecidas del Guadalquivir. A los afluentes de Sierra Morena y el Sistema Bético del alto y medio Guadalquivir, en las proximidades de Sevilla se suma por la orilla derecha, el río Rivera de Huelva desde Sierra Morena, y por la orilla izquierda, el río Guadaira y los arroyos de los Alcores: el Tagarete-Miraflores y el Tamarguillo-Ranillas (P2).

Generalmente, las crecidas dependientes de Sierra Morena (mariánicas), son más rápidas y repentinas por su menor recorrido, y las del Sistema Bético (béticas), más predecibles porque tardan más en llegar, pero con las mismas consecuencias, y ambas pueden coincidir (crecidas mixtas).

Las crecidas del Rivera de Huelva, por su pendiente, y las de los arroyos de los Alcores por su menor recorrido, son más rápidas y repentinas.

 

1947. Barco varado en el muelle tras la inundación. La Torre del oro bañada por el río.

 

 

Caudal y crecidas del Guadalquivir

El caudal de un río, o volumen de agua por unidad de tiempo, va a depender del aporte de agua y la capacidad y características de su cauce. Las crecidas son aumentos del caudal por encima de sus valores habituales, se consideran procesos geomorfológicos, que generan importantes cambios en el río y en su entorno, y suponen un sistema natural de control y restauración de su ecosistena.

El régimen pluvial, determina que las crecidas tengan lugar habitualmente de noviembre a marzo, en la época de lluvia y deshielo, y que el caudal del Guadalquivir sea muy variable, con estiajes que no llegaban a los 10m³/s antes de la regulación*, y unos impresionantes márgenes de crecida entre los 1.500m³/s y los 9.000m3/s. Su caudal modular en Sevilla es de 185 m³/h.

 

* Hoy día existe un control y regulación del caudal con numerosos embalses construidos río arriba, pero no es posible garantizar el control que impida las grandes avenidas, la capacidad de retención necesaria sería descomunal.

 

Cuando el caudal del Guadalquivir a la altura de Sevilla, se elevaba por encima de los 900-1.000m3/s (estado de bankfull), el agua se empezaba a desbordar de su cauce menor, ocupando el cauce mayor o llanura aluvial donde se encuentra la ciudad. Con 3.000m³/s, los llamados "bujarretes", el río ya tenía problemas para evacuar el agua a las marismas, ocupando antiguos cauces de la vega, los "ríos viejos" o "madre vieja", y elevaba su altura dificultando el desagüe de los afluentes próximos a Sevilla, afectando contenidamente a la periferia del casco urbano: pastos, cultivos, ganado y alguna industria de las afueras de la ciudad. Cuando el caudal llegaba a los 4.000m³/s, la altura y propagación del agua ya provocaba daños graves que afectaban al casco urbano, y con 6.000m³/s el río ya alcanzaba los 7m de altura, y podía ocupar la mayor parte de la ciudad, y así progresivamente, a mayor caudal, mayor altura de lámina de agua y daños. Las grandes avenidas de finales del siglo XIX, sobrepasaron los 9 metros de altura del agua, y aunque fueron catastróficas, afortunadamente ya se contaba con importantes contenciones, que aguantaron a duras penas.

 

Recordemos que la altura media sobre el nivel del mar de Sevilla es de 7m, y oscila entre los 4m de la Alameda de Hércules y la cota de los 12m de la franja del centro situada en la terraza fluvial, pero la mayor parte de la ciudad se encuentra en los 6m de media de la llanura aluvial.

 

E5. En muchos sitios de Sevilla se recuerda los niveles que alcanzó el agua en las inundaciones, como en la Torre del Oro o en azulejos de casas próximas a la calle Betis y la Alameda de Hércules, zonas siempre muy afectadas. La última imagen de la derecha, es un azulejo de la calle Tomás de Ibarra, indicaba la entrada al Hospital de la Santísima Caridad cuando no era posible usar la principal por el agua.

 

 

Las crecidas, aunque son fortuitas y no se pueden predecir, se han presentado cíclica y recurrentemente a lo largo de la historia. Con los datos de la lluvia y el caudal, es posible calcular la probabilidad del tiempo de retorno o de recurrencia de un determinado caudal, y realizar mapas de peligrosidad y riesgo de inundaciones de una zona.

 

Pero, tablas como la que incluimos más abajo, que relacionan el caudal y la altura del agua en las inundaciones sufridas, sólo tendrían un valor orientativo si queremos considerar los daños que podría ocasionar actualmente un determinado caudal, porque intervienen múltiples factores que pueden modificar sensiblemente la lámina de agua, como las condiciones actuales del cauce, las contenciones de la ciudad, o la ocupación y cambios en la llanura aluvial.

 

Por este motivo, para obtener información sobre el caudal y otras variables, es más recomendable consultar las mediciones de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, prácticamente en el momento que se producen, y los mapas de peligrosidad y riesgo de inundaciones del área, son públicos y se pueden consultar "online" https://www.chguadalquivir.es

 

 

 

Hay que tener en cuenta que en el siglo pasado, se completaron las contenciones perimetrales que protegen la ciudad en la cota de los 12m, nivel de la zona más elevada del centro histórico.

 

Esta altura de los 12m, representaría la altura del agua de la gran avenida temida por nuestros ancestros, que pensaban que algún día una crecida del río arrasaría catastróficamente la ciudad cubriéndola por completo, lo que supondría más de 7m de agua en La Alameda de Hércules y 5m en la mayor parte del casco urbano, y que es probable que ocurriera según las crónicas medievales en la Isbiliya almohade de 1168.

 

 

Las grandes avenidas que inundaron Sevilla

Consideraciones y aspectos comunes o frecuentes en las avenidas

 

Efectos frecuentes de las inundaciones en la ciudad

Salvo que se vieran involucrados los arroyos o el río Guadaira, que inundaban antes los arrabales del sur, el este y el norte, las inundaciones por las crecidas del Guadalquivir afectaban primero a los arrabales en contacto con el río, sobre todo Triana y el Arenal, y dentro del recinto amurallado, las zonas más declives como la Alameda de Hércules. Dependiendo de la magnitud de la crecida, el agua se propagaba al resto de arrabales y al centro histórico cuando superaba sus defensas.

La Alameda de Hércules, intramuros y en el antiguo curso del río, se inundaba prácticamente siempre, aunque se cerrara el recinto amurallado y los desagües, porque recibía toda el agua de la lluvia que caía en la ciudad y por las infiltraciones, y a veces por entradas inesperadas por algún fallo en la contención en otro punto de la ciudad, lo que ocurría con frecuencia.

Para intentar evitar esto último, y entendiendo que estas medidas fueron evolucionando con el tiempo, las autoridades disponían unas cuadrillas de vigilancia adiestradas en el calafateado y reparación de las puertas y los husillos públicos, y los particulares tenían que cuidar de los propios. Los husillos se cerraban antes de que el nivel del río alcanzara la altura de salida de los sumideros, y permanecían cerrados hasta que el agua volvía a descender por debajo de los desagües. Una junta de expertos analizaba los informes de las cuadrillas de vigilancia, revisaba personalmente por zonas el sistema de defensa, y señalaba los puntos críticos y las reparaciones más urgentes que se debían realizar. Para ello, se utilizaban piedras, estiércol, tablas o estacas, y colchones para los husillos, recopilados antes para la emergencia, o que aportaban los vecinos afectados más próximos cuando era necesario. En las grandes avenidas, estas reparaciones fueron en ocasiones épicas, a la desesperada y con el agua a considerable altura.

 

En la actualidad, la Alameda de Hércules dispone de un enorme depósito de recogida de aguas pluviales (en la estación del metro que no se llegó a concretar), y un sofisticado sistema de bombeo para evitar su inundación.

 

Instrucciones de socorro en el río de 1773 e informe del capataz de husillos de 1892. Archivos históricos del Ayuntamiento.

 

 

Tras la inundación, los daños por el choque y erosión de las grandes avenidas, requerían constantes reparaciones en previsión de la siguiente acometida, afectando sobre todo a los muros de contención, los malecones del noroeste y los muelles de los márgenes del río de Triana y el Arenal, o los tramos de muralla del norte y oeste por la batida del río, además de los destrozos que se ocasionaban continuamente en el antiguo puente de Barcas. Tras la sustitución del puente de Barcas a mediados del siglo XIX, el Puente de Triana también sufría daños por la erosión y el arrastre del río. En ocasiones se cortaba al tránsito y para poder llegar se utilizaban plataformas elevadas con borriquetes, pero aguantó las mayores avenidas.

 

Por último, las medidas de contención, y en general toda nueva construcción en la vega de inundación, debían estar perfectamente estudiadas para que no obstaculizaran la salida natural de evacuación del agua por el Aljarafe en las crecidas, podían provocar retenciones y desvios en su trayectoria con consecuencias catastróficas, como pudo ocurrir a finales del siglo XVIII. 

 

La Alameda de Hércules. Izquierda en 1947. Superior derecha en 1936. Inferior derecha también de 1947.

 

 

Efectos frecuentes de las inundaciones en la población

En muchas ocasiones coincidieron varias crecidas en un mismo año, como las cinco de 1829, o las seis de 1895, y ciclos con una o más inundaciones durante varios años seguidos, que cronificaban la precariedad y hambruna de la población, sobre todo tras el hundimiento económico por la pérdida del comercio con América en el siglo XVII. Las repetidas inundaciones durante el siglo XVIII, impidieron que la ciudad saliera del profundo bache.

Es importante destacar esta continua precariedad, porque las grandes avenidas del río afectaban en mayor medida a la población más pobre que vivía en los arrabales, destruyendo sus viviendas y dejando numerosas víctimas directas por ahogamiento y derribos, y muchas veces lo peor estaba por llegar. Con las cosechas perdidas, sin ganado, ni trabajo en general, la escasez y la hambruna en los arrabales era generalizada, vivían hacinados en las viviendas o en las instituciones de caridad, con una gran insalubridad por los estancamientos del agua y el abandono de animales muertos, en definitiva, una situación que generaba graves epidemias, y que frecuentemente se cobraba más vidas que las ocasionadas por la propia inundación. El Hospital de Las Cinco Llagas o de la Sangre, fundado por Catalina Ribera en 1500 (actual Parlamento de Andalucía), y el Hospital de la Caridad a partir del siglo XVII, tuvieron un papel heróico en este sentido. Estas pésimas condiciones ambientales y de pobreza, se perpetuaron inundación tras inundación.

 

Sobre los destrozos y pérdidas en las avenidas, J. Guichot escribió:

"...Hambres espantosas, pestes que redujeron á un tercio las trescientas mil almas que contaba nuestra ciudad; destrucción de una vez de seiscientas casas dentro del casco de la misma; calles enteras que desaparecen; hundimientos de iglesias, monasterios y edificios públicos; pérdida de 5.120 cabezas de ganado en las islas y en un corto período de días; naufragio de infinitos barcos; el puente una y otra vez arrebatado por la impetuosa corriente: pérdidas incalculables de la riqueza pública y particular, representada por las mercancías, los caldos y los cereales destruidos en sus respectivos almacenes y depósitos, por el agua; y, en suma, la amenaza constante de ver desaparecer en horas de la faz de la tierra, la antigua Hispalis, Roma la pequeña en la edad antigua y Atenas española en la edad media, y tercera ciudad de España en la contemporánea."

 

Extraido del impactante prólogo del libro de F. de Borja Palomo de 1877, "Memoria histórico crítica sobre las riadas ó grandes avenidas del Guadalquivir en Sevilla desde principios del siglo XV a nuestros días".

 

E4. La calle Betis tras la avenida de 1892, vista desde el principio del Puente de Triana, y fotografía coloreada desde el mismo sitio alredor de 1904.

 

Cuando llovía con cierta intensidad, en Triana vivían atemorizados por la incertidumbre, con un ojo puesto en el cielo y otro en el nivel del río. Con la crecida se quedaban habitualmente aislados, con  el puente de Barcas intransitable, totalmente destruido, o desaparecido, y necesitaban ser asistidos con embarcaciones, lo que suponía un gran riesgo durante la crecida por la corriente. En el mejor de los casos, si no se derrumbaba su casa por la embestida del río, se quedaban atrapados en la parte alta, o en los tejados y azoteas, esperando las ayudas que les traían las barcas, o refugiados en la iglesia un poco más elevada de Santa Ana si habían logrado salir de sus casas. En el resto de la ciudad, también se preparaban barcas y carromatos para el rescate y primeros auxilios de la población.

 

Además de la pérdida de vidas y la cantidad de personas que se quedaban sin vivienda, de la hambruna y la insalubridad, otra característica común en las avenidas, que algunos años los mandatarios lograron evitar, era la especulación con alimentos como el pan y productos de primera necesidad, alejado de las posibilidades de los que más lo necesitaban. En este sentido, las instituciones eclesiásticas, con los numerosos conventos y monasterios de la ciudad, a pesar de sus propias carencias, hacían una labor extraordinaria, esencial durante las inundaciones. Pero en el siglo XVIII prácticamente desaparecieron, disminuyeron considerablemente con las desamortizaciones. Esto puso al Consistorio en un gran aprieto económico, mayor del que ya tenía, ante la demanda de cobijo, alimentos y trabajo, inexistente entonces salvo para reparar destrozos. Se organizaron una serie de medidas para la adquisición de fondos y distribución de las ayudas, como impuestos, donaciones, préstamos, y la contribución de la Hermandad de la Caridad y las Juntas Parroquiales de Beneficencia, a las que se encargaba la distribución del pan y el encauzamiento de los socorros y ayudas para los más necesitados.

 

Todas estas medidas organizativas, de adiestramiento, almacenamiento de materiales, cadenas de asistencia y distribución de las ayudas, o la divulgación de medidas para prevenir las epidemias, es muy probable que fueran pioneras en la atención ante las catástrofes, al menos por inundación.

 

El Puente de Triana en 1892, vista desde el Paseo de Colón con Triana inundada al fondo.

Fechas de las grandes avenidas del Guadalquivir en Sevilla

 

Por las crecidas en Sevilla de las que se tiene mayor documentación, a partir del siglo XVI, los ciclos más frecuentes e intensos han tenido lugar desde mediados del siglo XVIII a mediados del siglo XX, con su pico de máxima incidencia en el XIX.

 

Frecuencia relativa del número de avenidas correspondientes al Tramo Bajo del Guadalquivir durante los siglos XVI-XX. 

a = Menor frecuencia de avenidas,  b = Mayor frecuencia de avenidas. 

"El impacto de las infraestructuras de la ciudad de Sevilla, sobre el paisaje fluvial del río Guadalquivir. B. García Martínez, 2006.

 

 

Muchas de las fechas de las grandes avenidas del Guadalquivir, fueron recogidas por D. Francisco de Borja Palomo y Rubio en su libro, "Memoria histórico crítica sobre las riadas ó grandes avenidas del Guadalquivir en Sevilla, desde principios del siglo XV hasta nuestros días", tras una laboriosa búsqueda en los archivos de la ciudad y su propia experiencia en las grandes avenidas del XIX. Lo publicó en el periódico sevillano El Español entre 1876 y 1877, como crítica a los responsables del derribo de las murallas de la ciudad tras las inundaciones de su época.

 

 

- Avenidas anteriores al siglo XV:

 

De las pocas de las que se tienen referencias: 1011, 1168, 1200, 1297, 1383

 

No hay datos de inundaciones de Sevilla anteriores al siglo XII, sí existen referencias sobre grandes avenidas, como las que motivaron la reconstrucción del puente romano de Córdoba en el 719 y en el 788.

La primera conocida es la gran avenida de la primavera de 1011, con miles de víctimas. Aunque no han llegado datos de sus contemporáneos sobre los daños, la avenida de 1168 puede ser la mayor que ha sufrido la ciudad, tras destruir la muralla que limitaba con el río, reconstruida después por el califa reinante Yusuf I*. El desastre ocasionado fue muy renombrado durante siglos. Según crónicas medievales escritas tres siglos después**, murieron 63.000 habitantes y sólo quedaron en pie "las casas más fuertes", y la zona más alta de la ciudad (San Isidoro a San Román-Santa Catalina), lo que supondría una cota de inundación entre 11 y 12m. Otra avenida en el año 1200 derribó 6.000 casas con 700 fallecidos en los arenales según Sahibasala*. La de 1383 se siguió de una epidemia de peste con muchas víctimas, y decidió la construcción de un dique para proteger la zona donde más incidía el río con la muralla, próximo a la Puerta de la Barqueta, el lugar tantas veces reconstruido, y donde mucho más tarde se construiría el llamado Patín de las Damas.

 

* Luis de Alarcón y de la Lastra, "El río de Sevilla y sus problemas a traves de la historia", 1952.

** Pedro Carrillo de Huete y Lope de Barrientos, "Crónica del Halconero", 1420-1450.

 

La Sevilla del siglo XVI de Arturo Redondo, 2015. Detalle de la muralla y recreación de una inundación en el Postigo del Aceite. arturoredondo.blogspot.com

 

- Siglo XV:

1403, 1434, 1435, o la de 1485.

 

Esta última de 1485, con enormes destrozos, pérdidas y hambruna posterior.

 

 

- Siglo XVI:

1507, 1522-23, 1544, 1545, 1554, 1590, 1592-93, 1595, 1596.

 

Destaca por su magnitud la de 1593, y aunque es muy posible que el puente de Barcas se destruyera con mayor frecuencia, hay referencias de 1507 y de 1554.

 

 

- Siglo XVII:

En el XVII tuvieron lugar 22 avenidas, entre los años: 1603-04, 1608, 1618, 1626, 1633, 1642, 1649, 1683-84, 1691-92, o 1697.

 

Época de enfriamiento global o "pequeña edad de hielo". Destacan inundaciones como las de 1603-04, con numerosos derribos de casas y fallecidos. La de 1626, el "año del diluvio" que afectó a todo el país, la crecida más temprana del siglo porque comenzó en septiembre, desastrosa y con "incalculables pérdidas". La de 1642, fue todavía peor, y la altura del agua superó a las anteriores. La del 4 de abril de 1649, con la hambruna posterior, el hacinamiento y las calles anegadas, contribuyó a la expansión por los arrabales de la peor epidemia de peste negra que sufrió Sevilla, acabando drásticamente con la mitad de su población, estimada en 120.000 a 130.000 personas, la ciudad más poblada del país entonces. La cifra de fallecidos es variable según las fuentes porque no existen registros, y algunos autores estiman un número más elevado. También vino importante la crecida de 1684, y la de 1697 fue la más tardía, en mayo. El puente de Barcas se destruyó al menos en 1603 y 1642.

 

Grabado del siglo XVII. Simon Wynhoutsz de Vries, 1617. The British Library, London.

Se puede ver a la izquierda el islote frente a la Cartuja que se llevaría la avenida de 1796, y el vulnerable puente de Barcas río abajo.

 

 

- Siglo XVIII

 

1707-08, 1709, 1731, 1736, 1739, 1740, 1745, 1750-51, 1751-52, 1758, 1777-78, 1783-84, 1786, 1787, 1792, 1795, 1796, 1800.

 

En este siglo hay un ascenso progresivo del número de avenidas y magnitud de las mismas. Son muy destacables las avenidas de 1784, 1792 y 1796, una de las mayores conocidas, y las de 1709 y 1736 porque se siguieron de nuevas epidemias. 

 

En 1736, se vivieron varias crecidas del río. La de 1758 obligó a restaurar la muralla en varios tramos. La de 1783-84, fue la mayor conocida hasta esa fecha de las conocidas desde el siglo XV, nefasta por sus destrozos y pérdida de vidas, sobre todo en los arrabales. Se llevó gran parte del malecón de la calle Betis, el puente y los barcos atracados, que desaparecieron o se los llevó la corriente río abajo. Obligó a reparar después la zona de la Barqueta y la muralla norte, y a la construcción del murallón actual y los muelles de la calle Betis. La de 1787, también fue importante, pero un poco inferior a la gran avenida de 1784, y hubo que proteger con improvisadas filas de estacas y cajones de piedras otra vez las márgenes del río del norte de la ciudad y de la calle Betis, que seguía en obras. En 1792, se perdieron más de 5.000 cabezas de ganado en las islas río abajo, y el arrastre de la corriente se llevó parte del islote de la Cartuja. La crecida de 1795, precedida por la del Guadaira, ocurrió tras la inauguración ese mismo año de la corta de la Merlina, y afortunadamente no tuvo tanta repercusión porque se había mejorado la evacuación del agua, pero la siguiente avenida de 1796, sólo un año más tarde y que detallaremos después, fue una de las mayores que se recuerdan, superando a la anterior de 1784. El año 1800 con varias inundaciones en los primeros meses, será recordado siempre por otra gran epidemia, pero esta vez en agosto, sin relación temporal con la crecida, mermando de nuevo considerablemente la población como colofón de siglo (un 20%).

 

"Vista de Sevilla desde Triana", Pedro Tortolero, 1766. El Puente de Barcas desde el Castillo de San Jorge al Arenal.

 

Respecto a la avenida del 28 de diciembre de 1796, la mayor conocida entonces de las que tratamos desde el siglo XV, empezó con la crecida del Guadaira y continuó con la gran avenida del Guadalquivir, que arrasó el islote del río de los antiguos grabados frente a la Cartuja, o lo que quedaba tras la crecida de 1792. Confirmó el peor de los pronósticos, porque las autoridades confiaban que el agua no podría llegar nunca a la ciudad tras las obras realizadas en la Merlina y el refuerzo de los malecones, pero el agua los rebasó y llegó más lejos que nunca. El Tagarete también creció y hubo que reforzar a la deseperada, con el agua interior a considerable altura, los husillos y muchas de las puertas de la ciudad, que desvencijadas hacían agua por todos lados. En cualquier caso, sin las obras realizadas en la Merlina, el desastre podría haber sido mucho más catastrófico de lo que ya fue.

Seguramente, esta crecida pudo ser la causante también de acortar el recorrido del río entre la Algaba y Sevilla*, salvando de forma natural el meandro que limitaba la Isla de Quijano (P4), una de las primeras cortas artificiales que estaba planificado realizar, y que no fue necesario (Corta de la Mercadera, proyectada en 1746).

 

*F. Borja Barrera Evolución de la llanura aluvial del bajo Guadalquivir durante el Holoceno medio-superior. Geoarqueología y reconstrucción paleogeográfica de la vega de Itálica (Sevilla, España)

 

Representación esquemática de los ríos del entorno de Sevilla y el cauce del Guadalquivir a principios del siglo XIX, y el anterior curso con el meandro de la Isla de Quijano.

 

- Siglo XIX:

 

Sigue creciendo el número de avenidas, y en el último cuarto del siglo tienen lugar las tres mayores avenidas conocidas de la ciudad, al menos de las que se tienen más datos a partir del siglo XV. Se creó una red telegráfica de alerta de los niveles del río, y mejoraron la organización, actuación y prevención de los efectos de las inundaciones.

 

Primera mitad del siglo XIX:

Por orden cronológico: 1802-03, 1804 (7,3m), 1805, 1806, 1810 a 1815, 1816, 1821, 1823 (8,7m), 1829, 1830, 1831, 1832, 1834, 1835, 1838, 1839, 1840-41, 1843, 1844-45, 1846.

 

En 1804 el río se desbordó en cuatro ocasiones, sobrepasando los 7m en marzo, con la compañía del Guadaira, y nuevamente los problemas de escasez y hambruna posterior. En 1805, al Guadalquivir y el Guadaira se le unió el Tagarete, con enormes vendavales y destrozos. De 1810 a 1816, el río ocupó discretamente la ciudad todos los años. En enero de 1823 sucedió la mayor crecida hasta esa fecha, y el 2 de febrero el agua alcanzó su mayor altura, superando a la avenida extraordinaria de 1796, con consecuencias desastrosas. En 1829 se repitieron cinco crecidas y en 1831 otras cuatro. La de 1830 fue importante, pero dependiente del Guadaira. De 1832 a 1846, también fueron numerosas y ocuparon la ciudad contenidamente. En 1838, en medio de la precariedad por las continuas inundaciones, una multitud de jornaleros de la región que pedían trabajo, quedaron atrapados en la ciudad increpando al Consistorio, sin fondos, ni disposición de los monasterios por las desamortizaciones. 

 

Triana, inundación de 1892, grabado.

 

Segunda mitad del siglo XIX:

Por orden cronológico: 1852, 1853, 1855, 1856, 1858, 1860, 1861-62, 1865, 1869, 1871-72, 1876, 1877, 1879, 1881, 1885, 1886, 1887, 1888, 1891, 1892, 1895, 1897. 

 

Superiores a 7 metros sobre el nivel cero del río: 1856 (8,6m), 1860 (8,68m) 1876 (8,73m), 1877 (8,19m), 1881 (9m), 1885 (7m), 1887 (8,37m), 1888 (8,46m), 1892 (9,31m), 1895 (7,9m), 1897 (8,4m).

De 5 a 7m, muy graves, fueron por ejemplo las de: 1858, 1861-62, 1869, 1886, 1891.

De 4 a 5m y las consideradas bujarretes o de un caudal inferior a 3.000m3/s, fueron numerosas, un ejemplo, 1852, 1853, 1855, que duró 25 días con las casas anegadas, 1865, 1871-72, 1879.

 

Tras una serie de repetidas inundaciones, de las que fueron muy importantes por su magnitud las de 1856 y 1860, se sucedieron varios brotes epidémicos de cólera con miles de víctimas.

Pero, sin existir muchas diferencias en la altura del agua, las consecuencias de la siguiente gran avenida fueron mayores, por lo que detallaremos ahora. La de 1876, fue la mayor avenida hasta esa fecha, alcanzando el agua una altura de 8,7m, y antes de acabar el siglo fue superada por la de 1881 con 9m, y la de 1892 que alcanzó los 9,3m, la mayor de las que se tienen datos. Y las tres tuvieron lugar tras el discutido derribo del recinto amurallado*.

A pesar de las medidas de contención, que nuevamente se pensaron inexpugnables, en la crecida de 1876, acontecida tras cuatro años de sequía, el agua llegó libremente a lugares de la ciudad a los que supuestamente nunca antes había llegado, y pudo haber sido todavía más catastrófica de lo que fue, algunos que lo vivieron pensaron que había llegado el temido gran desastre y la ciudad quedaría sumergida finalmente en su río tras siglos de lucha. El agua abrió una brecha en las contenciones que se habían construido con la vía ferroviaria del norte. Afortunadamente había dejado de llover, pero se vivió una noche angustiosa de incertidumbre en espera de lo peor (F. de Borja Palomo).

En 1895, se sucedieron seis inundaciones, y una de ellas fue también muy considerable (7,9m), pero inferior a la que se volvió a vivir en 1897 antes de acabar el siglo (8,4m).

 

* Como ya se comentó en el primer apartado, sin entrar en la pérdida histórica y artística del mayor monumento de la ciudad, no parece que fuera el  mejor momento para que la ciudad se quedara sin la barrera de su muralla, en el ciclo de las mayores y más frecuentes avenidas que se conoce. Porque, a pesar de las repetidas inundaciones de la década y de la gran avenida sufrida en 1856, la primera puerta se derribó sólo dos años después, y precisamente fue la Puerta de la Barqueta, una de las zonas de mayor riesgo. Tras la gran avenida de 1860 y las repetidas crecidas de los años siguientes, se continuaron derribando puertas y murallas. En 14 años, de 1858 a 1872, se había perdido ya la mayor parte del recinto amurallado que protegía la ciudad, sobre todo tras la Revolución de 1868. De una veintena de accesos, entre postigos y puertas externas, sólo quedaron tres (la de La Macarena, la de Córdoba, y el Postigo del Aceite), y una interna de la Victoria, a pesar de la oposición de las consultadas Comisión de Monumentos y Academia de Bellas Artes, y a punto estuvieron de acabar con todas. Y sin su muralla, la ciudad afrontaría en el último cuarto de siglo las tres mayores avenidas del Guadalquivir.

 

El Puente de Triana en 1912.

 

- Siglo XX:

 

En este siglo tuvo lugar la obra más importante de defensa de la ciudad, con los grandes cambios en el cauce del río próximo a Sevilla, que finalmente llevaron al control de las inundaciones del casco urbano. En la primera mitad de siglo, las crecidas todavía fueron frecuentes y algunas de gran magnitud, pero en la segunda mitad descendió significativamente el número de crecidas y magnitud de las mismas, finalizando el mayor ciclo de avenidas que ha conocido la historia reciente  de la ciudad.

 

Primera mitad del siglo XX:

Cronológicamente: 1901, 1902, 1904, 1910-11, 1912, 1913, 1915, 1916, 1917, 1918-19, 1924, 1925, 1926, 1927, 1928, 1934, 1936, 1937, 1939, 1940, 1941, 1947, 1948 (Tamarguillo).

 

Superiores a 7 metros: 1902 (7,16), 1912 (7,9m), 1916 (7,29m), 1917 (8,8m), 1924 (7,43), 1925 (7,78), 1926 (7,95m), 1936 (7,4m), 1940 (7,2m), 1947 (7,2m).

De 5 a 7m, muy graves, fueron por ejemplo las de 1915, 1927, 1937, 1939, o 1941.

De 4 a 5m y bujarretes, numerosas, por ejemplo las de 1901, 1904, 1910-11, 1913, 1918-19, 1928, o 1934.


En 1917 ocurrió la mayor avenida del siglo XX (8,8m), aunque las de 1912 y 1926 también fueron muy importantes, rondando los 8m. La gran avenida de 1926 y la sucesión de inundaciones anuales de 1924 a 1928, hizo saltar las alarmas ante la proximidad de la Exposición de 1929. Además, en 1926 se había inaugurado la Corta de Tablada, con la que se tenía la esperanza de controlar las inundaciones, y no daba esa impresión, pero realmente mejoró la evacuación evitando la curva de los Gordales, que estaba prácticamente obstruida. Aunque las inundaciones de 1936 y 1940 son similares a la de 1947, superando los 7m, la más conocida por su gran documentación gráfica es la de 1947. En 1948 hubo otra importante inundación muy recordada, pero motivada por el desbordamiento del Tamarguillo. En este mismo año de 1948, se inauguró la corta de la Vega de Triana, que desvió parte del cauce vivo de la ciudad, posibilitando tres años después la constitución de la Dársena.

 

El puente de San Telmo en 1947

 

 

Segunda mitad del siglo XX

1961 (Tamarguillo), 1963 (6.700m3/s), 1996 (3.810m3/s), 1997 (3.234m3/s), 2010 (3.174m3/s, 4,98m).

 

En esta segunda mitad de siglo, se constituyó la Dársena del Guadalquivir, tras el taponamiento de Chapina y entrar en funcionamiento la Esclusa en 1951. Aunque el número de crecidas disminuyó considerablemente y la protección era mayor, todavía hay que señalar las inundaciones de 1961 y 1963,  pero la de 1961 no fue motivada por el Guadalquivir, esta vez la causó la rotura de un dique de contención por la crecida del Tamarguillo, provocando también graves destrozos, la pérdida de multitud de viviendas, y víctimas mortales. Es la crecida tristemente recordada de la Operación Clavel, una caravana de ayuda solidaria radiada por Bobby Deglané, que acabó de forma catastrófica al estrellarse una avioneta sobre el público que acudió a recibirla. 

Las inundaciones de los años sesenta, motivaron nuevos cambios en las canalizaciones de los arroyos y el Guadaira, actuaciones y elevaciones en las contenciones perimetrales, y la construcción de numerosos embalses río arriba. Finalmente, en 1982, se terminó de construir la corta de la Cartuja, que apartó todo el cauce vivo del río del casco urbano de Sevilla, con un trayecto recto sin meandros, ofreciendo un nivel de protección superior frente a las inundaciones.

Las crecidas posteriores a esta actuación, como las de la década de los 90 y 2010, no afectaron al casco urbano, aunque tampoco fueron tan intensas como las anteriores.

 

Rotura del dique de contención del Tamarguillo en noviembre de 1961, y su reparación posterior por el ejército.

 

Ahora nos encontramos en un período de baja incidencia de crecidas, pero no hay que bajar la guardia y tener siempre presente lo vivido en el pasado.

Es frecuente que estas grandes avenidas tengan lugar entre períodos lluviosos moderados, o períodos incluso de sequía, en los que se piensa que todo está ya controlado, relajando la alerta de la población y sus gobernantes, que habitualmente se traduce en expansión urbanística en la vega de inundación, hasta la llegada inesperada de la siguiente gran avenida, que siempre llegó. Como ocurrió por ejemplo tras la primera corta de La Merlina y la gran avenida de 1876, o tras inaugurar la corta de Tablada, incluso después de constituirse la Dársena hubo inundaciones. La imponente obra hidraúlica de defensa de la ciudad, se ha ido perfeccionando con la experiencia de múltiples catástrofes, y seguirá teniendo las limitaciones que va imponiendo el río, aunque se haya alejado el cauce vivo.

 

La imagen se puede parecer a lo que sucede ahora, un período contenido de crecidas y la expansión urbanística en el norte de la ciudad y el Aljarafe, y la advertencia, la crecida de 1996 o la del 2010, que afortunadamente no fueron crecidas extraordinarias para afectar con gravedad el casco urbano, pero se dejaron sentir río arriba, en el Aljarafe y en las marismas, y crearon la alerta en la ciudad.

 

 

Para conocer las grandes obras efectuadas en el cauce del Guadalquivir, ver la siguiente página "Cambios en el Guadalquivir"

 

 

Crecida de 1912 y la visita de Alfonso XIII, en la imagen en el Prado de Sansebastián

 

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